Archivo de la etiqueta 'notas'

acerca de los recuerdos

busqué “perfume” entre mis notas buscando otra cosa y encontré esta que se mantuvo no publicada por un buen tiempo.
es del 31 de enero del 2008, tiene casi dos años.
y aún hoy tuve que leerla dos veces para entenderla.

Siendo terriblemente cruel con los hombres de tecnología que con su extenso despliegue de artefactos se enorgullecen de poder capturar los momentos, afirmo que eso es una terriblemente exagerada afirmación. Quién pueda capturar un momento con mayor complejidad que con la que recordamos un sueño será sin duda una de las figuras de los, sin exagerar, últimos 5000 años.
Por eso es que esta infame tecnología (que no es una tecnología en realidad) se trata del mismo anticuado sistema que usamos para crear paranoias que pondrían celoso al director de cine mejor pago y harían sentir culpables a sus protagonistas sin que siquiera estén realmente involucrados en esa perfectamente tramada escena privada rodándose en tu cerebro.
Sí involuntariamente poseemos esa gran habilidad para crear escenarios y hacer actuar a las personas no sería muy sorprendente que algunos de esos momentos capturados – vulgarmente conocidos como recuerdos – se mezclen en el escritorio de nuestro guionista estrella, en su oficina en Mentewood.
¿La razón por la que la gente tiene diferentes versiones de las cosas va teniendo sentido, no es así?
Después de todo nuestro equipo de producción no tendría con qué trabajar si no se pasaran de oficina en oficina las fotografías, cintas, videos, mensajes, cartas, frascos con olores y perfumes de ex-novias y ex-nadas.

.-

notas de viaje – parte dos

Alégrate, aún no es el día final. No me iré por mucho tiempo. Déjate llevar, seré tu paracaídas. Puedo ver el infinito desde cualquier ventana si me lo propongo. Puedo verlo cuando camino a ningún lado y justo hacia vos por calles que si pudieran no tendrían nombre. Puedo ser yo mismo entre las gotas de lluvia que de a poco pierden el vértigo y cualquier tipo de vergüenza mientras puedo vivir sin ellas. Las personas se esconden bajo los aleros de los puestos de diarios como si supieran que este chaparrón va a terminar pronto, tan pretenciosas a veces las personas creyendo que pueden tener alguna idea del futuro. No importa qué forma tengan las nubes, si así lo quisiera la lluvia podría durar una eternidad. Pero nunca digas para siempre si no estás dispuesto a intentarlo. Quizás sea que no me gusta usar paraguas, quizás es la falta de costumbre o quizás sólo me gusta sentir cómo el agua encuentra su camino a través de los pliegues de la ropa y espera el momento justo para robar toda mi temperatura corporal en caso de que no haya un beso para mí en esos labios.

Si no consigues respuestas, haz mejores preguntas.

Azules profundos y otras canciones que alegraban a mis pies en la esquina de Mario Bravo y Córdoba. La panadería con sus siempre prendidas luces que no saben qué decir durante toda la noche, los autos y el ejército de taxis que vigila impecablemente las calles de la ciudad mientras algunos esperamos colectivos que no pasan y escuchamos veranos californianos en forma de canciones que sin piano sólo serían otra melodía en otros oídos. Parte del juego siempre es el factor sorpresa, un brazo intentando ahorcarme pero haciéndolo mal (así no se mata a una persona) y la orden innecesariamente grosera de que entregara mi reproductor de audio. Nunca tengo mis anteojos puestos, ni de noche ni de día, en ningún lado que alguien pueda verme, pero justo esa noche los tenía puestos. Se cayeron al piso cuando retrocedí unos pasos y hacia el medio de la calle, dejando que se levantara mi remera sobre mi cabeza. Cuando me recompuse estaba obstaculizando el tránsito en la calle, un taxi esperaba con tranquilidad a que me corriera y atrás estaba afortunadamente, muy afortunadamente, el colectivo que nunca pasa que yo me iba a tomar en primer lugar. Mis anteojos arruinados hace ya mucho tiempo en el piso y uno de los tres chicos que se agachó a tomarlos. “Se te cayeron los anteojos” – dijo el señor obviedad. “Dámelos” – sin mucho de amenazador en mi voz dije. “Dame el MP3 y te los doy” – respondió y sin un instante de duda le dije que los tirara, ni que pudieran romperse o rayarse más de lo que ya estaban. No pensaba correrme del medio de la calle, como resultado de mi lógica retorcida estaba seguro de que como mucho iba a conseguir que se bajara algún conductor a pegarme y en ese caso hasta podría pegarle también al imbécil que quería robarme pero se preocupaba por los cristales de mis anteojos. Mientras no dejara que pasaran los autos nada me iba a suceder. “Bueno, te los doy” – creo que dijo mientras repetía que los tirara, me los acercó tan poco como fue posible, los tomé y me subí al colectivo. Al menos esta vez no le dije a nadie que me disparara.

.-

notas de viaje – parte uno

escribí estas notas en mi computadora cuando viajaba de buenos aires a bariloche ayer a la noche

No creo que realmente me haya sorprendido ver ese auto tan lujoso, si bien un poco pasado de moda, al costado de la ruta. La chica tenía un par de perros atados con sus correas y sólo estaba entre los espaciados árboles que manchaban de cualquier manera con sombra lo verde del pasto al costado de la ruta.

Ricardo Arjona canta; me causó quizás cierta ternura cómo sonrió al final de una canción. A pesar de la sensación de desagrado que supongo es general con respecto a él y su trabajo, no me importa mucho al momento de ser simpatizado por una sonrisa.

No escribí una carta que esta mañana dije haber escrito, quizás estaba demasiado seguro de haberla escrito en mi mente mientras hablaba con vos por teléfono, mientras te escuchaba dormirte, cuando te perdías y tratabas de perderte en vos misma, cuando tu corazón podría haber dejado de latir.

No creo que tenga mucho que ver con el hecho de que no tuve mi guitarra por dos semanas pero fueron dos semanas bastante particulares. No tengo ganas de indagar realmente en el asunto.

Me gusta mucho sonreírle a la gente, empecé a desarrollar hace ya una moderada cantidad de tiempo una especie de noción con respecto a mi sonrisa. Llegué a sentir que una sonrisa puede ser superpoderosa. Me pongo a prueba y aunque no sé si realmente puedo medir muchas consecuencias (por el motivo que sea), sigo regalándole la expresión facial a las personas que me cruzo. Sea el momento que sea, trato de terminar o continuar las conversaciones sonriendo, me ayuda a disimular lo torpe que puedo ser a veces para decir algunas cosas. No puedo entender mucho cómo hago para arreglármelas para siempre tener las maneras más absurdas de decir las cosas más triviales. No voy a seguir y llegar al extremo de decir que me cuesta hablar y hacer un circo de eso, se me da bastante bien con la dialéctica, pero me parece que tengo una manera particular de intentar decir las cosas.

La manera más rápida de llegar a un lugar es tener una buena manera de distraerse cuando llegamos. Anoche esperé unos minutos, no fueron muchos pero al fin hacía frío en Buenos Aires y pude usar un abrigo dejando que escapara el cuello de la camisa. Es tan hermosa cuando está en pijama. Como si de pronto hubiera tenido alguna especie de delirio fuera de los libros de psicología y personificara a un disco rayado, le repetía que se veía tan linda. Intenté abrazarla por detrás, de a poco supongo vamos aprendiéndonos el uno al otro. De verdad se veía tan linda toda de rojo con el cuerpo mejor tallado debajo de ese pijama. Subimos y le pude dar un beso. Nos íbamos a extrañar, es decir, creo que nos vamos a extrañar. Rozando la demencia con una afirmación como la siguiente, no tengo problema en decir que estar con alguien luego del tiempo que sea, las noches de llamadas telefónicas, el silencio de biblioteca en nuestros cuartos cuando no queremos molestar y sólo nos preguntamos en dónde estará; si estará disfrutando su noche, la incomodidad de preguntarnos a nosotros mismos cuánto es que nos gusta extrañar a la otra persona y lo inexorable de la respuesta que se nos presenta cuando no podríamos estar con ninguna otra en ese momento… Todo eso sumado al brillo de sus ojos cuando cualquier destello se filtra entre su pelo; todo eso no importa una vez que llegamos. Cuando estoy ahí me sonrío y puedo creer reírme por dentro al notar cómo no me importa mucho por dónde anduve, cuánto tiempo pasó, cuanta gente se sentó al lado mío en decenas de colectivos o la ansiedad diaria que tanto me molesta cualquier día de cualquier semana cuando no alcanza con respirar para sentirla más cerca. Paralizado por las mismas palabras de la última vez, paralizado por las mismas palabras de siempre. ¿Cómo podría dejar pasar una oportunidad para decirte que te quiero? Aunque a veces lo diga tan fuerte que me olvide de pronunciarlo y sin sentido alguno esperara que pudieras deducirlo de la manera tan particular que tienen mis ojos de mirar como si nadie más en este mundo pudiera mirarte como yo; como si nadie más en este mundo pudiera ver dentro de mis ojos cuando eso sucede.

me gusta poder reconocer la influencia de ‘el guardián entre el centeno’ tan fácilmente en lo que escribo.

.-