Ayer hubo una lluvia finita que me gustó mucho. Hoy me mordió un perro.
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Esto es un desparramo de vivencias diarias y la oportunidad de hacer más que pública mi vida privada.
Con esa timidez característica me sorprendió cuando salía, y una gotita aquí y otra por allí empezaron a salpicarse las baldosas que tan cuidadosamente esta mañana algún portero habrá limpiado, como todas las mañanas. Seguí caminando, me puse mis lentes oscuros para esconder mi mirada, o quizás para hacerla más interesante, desenredé el manojo de cables que una hora antes todavía era un par de auriculares, intenté acomodar mi pelo para lo que venía. Esperé valientemente en la esquina a que cambiaran las luces mientras las personas tomaban tantas pero tantas decisiones difíciles. Se detuvieron los colectivos y por un segundo la tierra dudó si seguir girando o no, y la luz finalmente se puso verde. Yo sé que ellos sabían lo que se venía, no tenían ni una sola duda.
Las baldosas sin ningún problema empezaron a mutar en aceitosas sartenes y las zapatillas con una suela que no serviría para jugar al fútbol -como las mías- hacían las veces de milanesas que paso a paso dudaban si iban a poder dar el siguiente paso sin darlo en falso. Los colores de todo lo que tenía color comenzaron a cambiar y unos se pusieron más oscuros y otros se dieron vuelta por completo, otros desaparecieron y, quizás por efecto de mis lentes oscuros, se volvieron parte del gris que el cielo sin perder un segundo empezó a desparramar por la ciudad. No puedo contra la tentación… Cada vez que hay un atisbo de felicidad en mi pecho tengo que mirar al cielo. Siento desilusionar a alguno si no busco nada en particular, porque cuando miro al cielo es sólo porque quiero ver el cielo.
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Alégrate, aún no es el día final. No me iré por mucho tiempo. Déjate llevar, seré tu paracaídas. Puedo ver el infinito desde cualquier ventana si me lo propongo. Puedo verlo cuando camino a ningún lado y justo hacia vos por calles que si pudieran no tendrían nombre. Puedo ser yo mismo entre las gotas de lluvia que de a poco pierden el vértigo y cualquier tipo de vergüenza mientras puedo vivir sin ellas. Las personas se esconden bajo los aleros de los puestos de diarios como si supieran que este chaparrón va a terminar pronto, tan pretenciosas a veces las personas creyendo que pueden tener alguna idea del futuro. No importa qué forma tengan las nubes, si así lo quisiera la lluvia podría durar una eternidad. Pero nunca digas para siempre si no estás dispuesto a intentarlo. Quizás sea que no me gusta usar paraguas, quizás es la falta de costumbre o quizás sólo me gusta sentir cómo el agua encuentra su camino a través de los pliegues de la ropa y espera el momento justo para robar toda mi temperatura corporal en caso de que no haya un beso para mí en esos labios.
Si no consigues respuestas, haz mejores preguntas.
Azules profundos y otras canciones que alegraban a mis pies en la esquina de Mario Bravo y Córdoba. La panadería con sus siempre prendidas luces que no saben qué decir durante toda la noche, los autos y el ejército de taxis que vigila impecablemente las calles de la ciudad mientras algunos esperamos colectivos que no pasan y escuchamos veranos californianos en forma de canciones que sin piano sólo serían otra melodía en otros oídos. Parte del juego siempre es el factor sorpresa, un brazo intentando ahorcarme pero haciéndolo mal (así no se mata a una persona) y la orden innecesariamente grosera de que entregara mi reproductor de audio. Nunca tengo mis anteojos puestos, ni de noche ni de día, en ningún lado que alguien pueda verme, pero justo esa noche los tenía puestos. Se cayeron al piso cuando retrocedí unos pasos y hacia el medio de la calle, dejando que se levantara mi remera sobre mi cabeza. Cuando me recompuse estaba obstaculizando el tránsito en la calle, un taxi esperaba con tranquilidad a que me corriera y atrás estaba afortunadamente, muy afortunadamente, el colectivo que nunca pasa que yo me iba a tomar en primer lugar. Mis anteojos arruinados hace ya mucho tiempo en el piso y uno de los tres chicos que se agachó a tomarlos. “Se te cayeron los anteojos” – dijo el señor obviedad. “Dámelos” – sin mucho de amenazador en mi voz dije. “Dame el MP3 y te los doy” – respondió y sin un instante de duda le dije que los tirara, ni que pudieran romperse o rayarse más de lo que ya estaban. No pensaba correrme del medio de la calle, como resultado de mi lógica retorcida estaba seguro de que como mucho iba a conseguir que se bajara algún conductor a pegarme y en ese caso hasta podría pegarle también al imbécil que quería robarme pero se preocupaba por los cristales de mis anteojos. Mientras no dejara que pasaran los autos nada me iba a suceder. “Bueno, te los doy” – creo que dijo mientras repetía que los tirara, me los acercó tan poco como fue posible, los tomé y me subí al colectivo. Al menos esta vez no le dije a nadie que me disparara.
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estaba sentado al borde del infinito, esperando que vinieras y te sentaras al lado mío para ver a las ballenas cuando escuché.
me di cuenta de que no era lluvia lo que caía, sólo era una leve interferencia diluída en la señal que iba de mi marcapasos al casco. el trópico de capricornio parecía una cereza cuando te prometí arreglar todos tus huesos rotos.
caían los granos de azúcar cuando me levanté y empecé a caminar hacia el lado de los girasoles. era un atardecer muy particular, no habías cantado todavía cuando te sorprendí colgando la ropa. sonreímos pero fue uno de esos recuerdos de postal, de los que guardábamos cuando aún era posible viajar. soltamos algunas palabras y me hiciste recordar por qué eras vos, la que hablaba del destino.
en el medio del verano me levanté para esperar que llegaran, iba a ser este el año en que todo cambiara. pero nuevamente todo cambia de la manera que no estamos observando. ¿te puedo cambiar una sonrisa por un ramo de dedos hecho entre nuestras manos?
podemos soltarnos todas las noches y dejarnos ir a pasear un rato, nada puede lastimarnos ahora viviendo con la cabeza en el cielo. el sol es un recuerdo de álbum de figuritas y las estrellas se vuelven tus primas y hermanas postizas. cuando me dijiste que el helado de vainilla era tu color preferido sólo pude intentar ponerme mi traje favorito. ese fin de semana ganamos todas las carreras en caballos de calesita.
me sentaba en el piano y te cantaba las canciones que más te gustaban. hacíamos vibrar el polvo estelar, te reías y te sentabas al lado mio. recuerdo cuando te quedaste dormida mientras recitaba en voz alta mis pensamientos más desordenados. me dijiste que no soñaste, porque yo sé que nunca te quedaste dormida.
no puedo virar mi cabeza de la imagen de esta calle, alejándose hacia el centro entre edificios y sombras que no existen, oscureciéndose a medida que el horizonte se hace más cercano, tan tenebroso como el miedo que siempre tuve a perderte. como cuando supimos que podíamos respirar en el espacio, sólo que no querían que lo hiciéramos.
nos tirábamos en el trigo tan dorado como el cielo color azufre que nos cubre desde hace tanto tiempo, podíamos ver las tormentas tan alto, lejos de nosotros, corrientes climáticas que nadie podía explicar, al menos no en el tiempo y espacio que nos tocó conocer.
las palabras finales que dijimos antes de desaparecer. nunca tuvimos tanto miedo, pero siempre encontramos el camino de vuelta a casa.
¿acaso no te gustaría verme otra vez?
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fechas de vencimiento
como si tuviera tatuado un número de lote en la espalda
(o en la frente)

porque no existo en ningún lugar
y me muevo lo suficientemente rápido como para lograr que se pierda
la confianza en mí
el amor que se pudiera tener por mi
cualquier idea alocada al respecto.
cualquier departamento.
quisiera estar en un lugar lo suficiente
como para que cualquier mirada se pueda posar en mí
antes de que desaparezca a toda velocidad hacia el próximo pozo.
no estoy en ningún lado.
te lo escribí en la carta y la lluvia lo corroboró
cuando respondía en cada salpicadura de cada taxi.
me dedico a hablar de fantasmas
y vidas después de la vida
cuando realmente no sé si me gustaría maldecirme a una vida
después de la vida.
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me gustaría estar bien
y finalmente todo eso.
pero no tiene sentido si sólo vivis en mi cabeza
y no soy yo el que está en la realidad.
quisiera hacer agujeros negros con mis manos
como si jugara en un arenero
y hacerme desaparecer.
siempre que me lo pidas voy a dejar de hacerlo
pero no quiero que existas más adentro de mi cabeza
que afuera de ella.
lluvias y libros y lluvias de libros
.-
en voz alta:
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caras que desaparecen como manchas solares
o gotas de lluvia
pero no lo suficientemente estúpido como para quedarme contigo
toda la ciudad que te atraviesa en el sentido de taxis que recorren
la distancia máxima que podría un peatón borracho recorrer
a través de la ciudad de Santa Rosa, hasta cinco veces
cada noche cada sábado
después de todo pareciera como si el marco de la ventana burbujeara
con pintura prendiéndose fuego
por las altas temperaturas de un devenir nuclear
es eso lo que dicen: si no tiene orejas, no lo comas.
es así como debe ser para los amantes
no deberían irse solos
no está tan equivocada
como quisiera estar.
no es tan bueno cuando estás completamente por tu cuenta
vos solo.
es tan diferente la vista a los ojos
de callejones, de ojos, de noches, de palermo
nunca pasó antes cantaban las ventanas
sin rebalsar el agua que salía de bañeras transcontinentales.
está la teoría de los fósforos
y a veces un poco de
querés alegría a cambio de diez centavos?
esperaba equivocarme pero cada vez cuesta más
en el último renglón de una carta suicida
que te escribe el hermano mellizo que dejaste enterrado al lado del árbol de bananas
más alto.
me gustan tus ojos
me cuesta decirlo, me cuesta pensarlo, me cuesta escribirlo
cantarlo es otra cosa, siempre que esté acompañado
por el cuerpo médico pertinente.
lo sé
un poco no lo sé.
pero si se te ocurre gritarnos conclusiones de desaliento
a mi, a vos
cuando el pasado es una manta que nos mantiene calentitos de noche
para encontrarnos prendidos fuego a eso de las cuatro de la mañana
cuando todavía los mcdonalds no se acuerdan de que era yo
el que hablaba del destino.
o cuando compartimos una botella para que todo lo que digamos parezca más gracioso
y el chiste es que hace dos horas que estamos tomando querosén.
¿podemos prendernos fuego?
los cuentos de hadas que yo sé inventar
que invento en cada cuadra, al lado de cada poste
cual perro que marca su territorio
pero que pega stickers con corazones
sólo como diciendo ‘hey, yo tengo mi derecho a quererte’
vamos, no vine acá abajo a decirte que llueve en el cielo todo el día
sólo vine a decirte que estamos bien.
¿cómo se llamará el día en que
dentro del más profundo de los silencios intracerebrales
te convertís en un amigo?
el día en el que ella se olvida de todo lo que mejor no debería olvidar
en el que recordamos justamente lo que no hace falta decir
en el que sabés que digo las palabras correctas.
en el que puedo sentir al final del día
porque por una vez me gusta alguien que me gusta
y no es alguien a quien yo le gusto que no me gusta
pero que me gusta porque yo le gusto porque yo soy el único de mi barrio
que puede comentar durante doce horas seguidas
acerca de accidentes ocurridos durante la filmación
de la película de terror más conocida de los últimos
algún tiempo.
dibujarme personajes con pintalabios sólo para tener a quien rezarle
que cuando pienses en mí puedas no hacerlo
de la manera en que no deberías nunca hacerlo
y que te olvides de mi esta misma noche
sólo para que yo pueda volver a practicar mi deporte favorito
que es sin duda alguna el fabricar muñequitos hechos con globos
llenos de harina que cambian de forma y tienen ojos
dignos de accidentados con prensas gigantes.
o quizás inventar anécdotas graciosas que ocurrieron de verdad
ataques de risa absolutamente genuinos que me gustaría algún día compartir
estando vivo, claro.
cartas sin sentido alguno que si alguna vez escribiera
terminarían prendidas fuego en el piso de mi habitación mientras me desvisto
para bailar alrededor de las brazas gritando.
sólo porque nunca podría asumir la responsabilidad de estar diciendo demasiado
demasiado poco para demasiado tanto lo que se me escapa
¿o acaso no te dabas cuenta de que tenía un sombrero de cowboy,
una máquina de hacer waffles, la guía para hacer un soborno,
el autógrafo de Facundo Arana y un batimóvil de Lego sólo porque te quiero?
y así sigue la historia, sólo betty lo sabe.
estoy prendido fuego y ahora creo que estoy listo para…
no, no estoy listo.
no ahora, no mañana, no nunca.
cuando leas esto dame una señal, hacé sonar tus dedos, saltemos de la terraza
caigamos en un auto hecho de goma espuma para amortiguar caidas
de mi estado de ánimo a alta velocidad.
si tan sólo tuviera treinta centímetros
más
y un paraguas.
¡siempre hay que tener un paraguas para estas cosas!
lo de los ataques de risa me refería a vos
es decir, me gustaría compartir con vos.
gracias Frank.
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encontrándonos en el cielo, viviendo en la forma de notitas pegadas en heladeras.
hablando de la distancia, la nieve que desde anoche cae y nos hace acordar.
yo sabía que iba a seguir cayendo. está en todos lados y se mete entre las medias.
de estrella en estrella, en las fantasías de viajes espaciales con sólo una toalla,
un balde de algún color ridículo y una soga… para poder volver a casa.
los sonidos apagados que puede que el frío, el blanco o los sueños nos den
de cada momento que pasamos sentados en algún lugar,
cuando nos encontramos seguros y sabemos que estamos.
todas las palabras para cantar, para que las cantes conmigo,
es la manera de aprender del frío,
de la lluvia cuando nos desacomodamos la campera esperando el colectivo
y no nos importa tener pelo que se moja y nos desarregla.
agradecemos porque la lluvia haga las veces de lágrimas que se secan
en el inconciente antes de salir a la superficie.
o la escena de tu película favorita
en la que ella le dice que va a guardarlas todas en un vasito.
nunca vi esa película con nadie.
aparte de mi infinita voluntad de hacerlo, siempre tuve el principio
al temor de que no le haga nada a nadie como me hizo a mi.
o desvanecerse en tus propios sueños
para llegar a consolarte y hacerte saber ‘es sólo tu propia idea, por eso vas a estar solo’.
no es que haya algún problema con estar solo.
esa vez que me sentó mi hermana para hacermelo entender de una buena vez
siempre estamos solos, el resto es la sensación de que nos acompañan.
pero los chicos que decían malas palabras y se vestían de monos decían
la vida es un camino sin rumbo que tomas solo
por eso mejor disfrutar el viaje
tomar el camino largo a casa
cantarlo bien o cantarlo con orgullo.
vi crecer a las personas enfrente mío, quejarme de mi propia edad por ser muy jóven
o hasta por fracciones de segundo acordarme de que hice mucho
para la cantidad de guerras mundiales que pude ver.
cuando me acuesto y veo esas luces, como si me apuntaran con una linterna
y abro los ojos para descubrir que no hay ningún reflejo molesto,
pienso en si van a ser mis deseos del futuro o mis ideas los primeros en dejarme esa noche.
hace muchísimo tiempo que no me voy a dormir
pensando en tener algún múltiplo de mi edad actual
y estar en algún tanto lejos como cerca,
después de todo es la filosofía de otras canciones la que se aplica.
rara vez pude escuchar bien
cuando alguien me cantaba, y sé que ella lo hacía por teléfono
cuando todavía eramos el rastro que iba quedando atrás
de lo que nunca ibamos a volver a ser.
escuchar a alguien.
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sigo bajando pero hago una pausa a mitad de la escalera y encuentro recuerdos de todas esas cosas que hacía cuando tenía tu edad o tus edades, después de todo no importa si son de hielo o si yo era un muñeco de nieve o si era de verdad después de todo, no tenés que preocuparte.
me gusta cómo suenan las cuerdas de las guitaras que nunca escuché, porque después de todo son como las chispitas que salen en las fotos cuando se refleja algo metálico y se desvían los rayos de luz. la majestuosidad de la física supongo. no de la física del secundario que hacen tan aburrida, sino de la otra.
encantador escuchar. la nieve, también, pero quedémonos con la parte de poder escuchar. o sentidos arácnidos inexistentes cuando sostienen por una fracción de aullido de lobo el extremo de tu brazo al momento de despedirte. creo que olvidé mencionar que además de mi no simpática memoria un tanto infalible tengo un sentido perturbado de observación. no me puedo detener de notar las cosas que no tienen sentido, pero no estoy tratando de decir que no me gusta a partir de esa etiqueta en la línea de tiempo de mi vida que me rocen así el brazo al momento de decirme ‘igual nos vamos a ver’.
efectos de sonido y sobre dramatizaciones. me dedico a hacer una escena de todo, pero es divertido. en el sentido más enfermo de la palabra supongo. aludiendo a haber caminado treinta minutos bajo la lluvia indecisa que se volvía nieve y volvía a cómo había empezado, escuchando viajes a norteamérica de ningún otro que mi mejor amigo, Esquilargo Giménez. un maestro del tiro de bochas sobre pelotas de ping pong y una buena manta hecha de los pedacitos de metal que vienen arriba de las latas, y no me refiero a una cota de malla, queridísimos sirgazorgos.
todos vamos a ser, pero no hablando de cantar gospel, sino en un sentido más amplio de la palabra, como cuando desdoblás un mantel, de esos de mesas largas… así de amplio.
todo lo que pido, todo lo que pido es mucho más. creo que le gusta música pero creo que a mí me gusta más. no sé cuales son mis planes, no pregunten. es decir, tengo ese plan y tengo ese otro también, pero creo que a veces tengo demasiada suerte. ya saben cómo es cuando hay demasiada, se desperdicia y al final no pasa nada.
me acuerdo de todos mis sueños y de mis escenas. y un día quiero ser el último sonido de alguien, no para ser como robert redford, aunque no recuerde alguna película con él pero Robert sí que es un excelente nombre.
la melodía no tiene nada que guardar cuando el último pedacito de sol se escapa por la ventana… realmente hay que hacer ventanas que impidan eso. no sé si tendrá que ver con esos vidrios de azúcar que se supone que usan en las películas para que johnny no se lastime al atravesarlas. supongo que sólo lo dejo, lo tiro sobre la mesa para ver si eventualmente despejo esa duda. quizás sólo se trate de ver a un enanito de jardín tocando el arpa. quién sabe… y no quiero la respuesta a esa pregunta.
tiremos los sombreros al aire y hagamos de cuenta que no le tenemos miedo a nada. aunque me gusta admitir cuando tengo miedo, sin hacer todo un problema de ello, claro está.
oh septiembre.
sé que me mirarías ahogarme antes de ver cómo se mojan tus manos. susurrame una vez, susurrame de vuelta.
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llueve en el cielo todo el día
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