Las paredes siguen tan blancas como la primera vez que entré en este lugar. Me pregunto de dónde habrán sacado a los arquitectos que armaron un edificio sin haber probado la temperatura del vapor del agua durante un invierno cualquiera. Quizás podría haberme dedicado a probar el sabor de los mares y la temperatura de las piletas de la ciudad; decidí escribirle cartas a todas las personas que conocí. Me gustaría poder suspirar palabras para no tener que repetir las cosas que me cuesta pronunciar. Hasta el momento en que deje de soñar voy a seguir acariciando la pintura arruinada y los ladrillos de aquellos cansadísimos edificios que cada mañana me despiden cuando me alejo.
Desearía poder dejarme visitar por el sonido, dejar que me vuelva a atravesar. Quizás el volumen esté demasiado alto, quizás mis ojos estén demasiado abiertos.
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el estanque
el estudio
la carretilla
el cielo de la parrilla
el cielo de la casa
















