
Estoy bastante convencido de que me gusta mucho la persona en la que me convertí. Sin avisar aparece esta madama que cambia en un santiamén las ideas que tan artesanalmente hice de mi mismo durante los últimos un millón de años. Mi problema existencial a veces parecería ser una cuestión epistemológica sin más. Son los supuestos con los que me muevo o dibujo caminitos sobre mis mapas que terminan comiendo las paredes de mi cuerpo como si todas las mañanas desayunara ácido de batería con copos. Todas esas personas que como un catálogo de posibilidades me dieron tanto miedo y ganas de no ser así, de no ser yo, de no ser, quizás no pensaban exactamente lo que yo creí que pensaban como si siguieran al pie de la letra el manual para cruzarse en la vida de Valen. Lentes oscuros que no esconden mucho más que una mirada sincera sin una luz prendida en toda la casa. Trato de mantenerme positivo pero me cuesta creer que aquellas soguitas que dejé atadas en la entrada de la cueva para saber como volver sean una mejor opción que seguir y tratar de encontrar la salida del otro lado. Y no, te prometo que no me gusta prenderle fuego a las casas si todavía hay alguien dentro.
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