Doce minutos y todo lo que puede pasar en doce segundos.
Podría intentar leer los signos en los brazos, en la manera en que me despeino, en la manera en que no puedo volver a marcar los mismos pasos.
Podría dejarlo todo de lado, soñar despierto con alambrados y casitas no muy distantes de ellos. El pasto color ocre porque estamos en invierno.
Las tablas arruinadas por años de humedad y clavos que son como los de antes, y no como los de ahora.
Podría abrochar esta hoja con todas las anotaciones al margen y dejar mi escritorio lleno de ridículas indicaciones en papel engomado amarillo, sólo para no olvidarme de qué día es hoy.
Intenté engañar trenes, me equivoqué al doblar en varias esquinas y seguramente le haya prometido a alguien algo que no pude cumplir, pero tranquilo puedo levantar un vaso e intentar no dejarlo caer.
Rozar mis propias ideas con un cepillo, intentar no dejarlas en la parte de atrás de mi mente, ganarle a la sordera que se abre paso entre el sonido que hay fuera de mi casa en una tarde cualquiera.
Voy a dejar esta casa. Afortunadamente empecé a recordar el olvido, y es en el medio de un aluvión de etiquetas y cinta scotch que elijo con qué me quedo.
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