Siempre me fue difícil entender cómo podías no preocuparte por lo que había de la ventana para afuera. Los últimos meses habían estado repletos de cartas de parientes lejanos, tardes de etiquetar todo lo que aún nos quedaba en la casa y recordar cómo solíamos sentirnos cada verano cuando el sol se despedía por el día y nosotros mutábamos en lo que fuera que nos convertíamos.
Tomé tu mano y deteniéndote mientras ordenabas te miré a los ojos intentando no atravesarte con mi mirada. No parecías querer decir nada, ni siquiera protegida como estabas por ese silencio. Quizás haya pasado medio minuto y algún distante sonido nos sirvió de excusa para volver a lo que estábamos haciendo. No volvimos a cruzar la mirada hasta que ya no había luz natural.
Tendido en el sillón, sosteniendo un vaso que llegaba a hacerme doler los dedos cuando olvidaba soltarlo, miré cómo se encendía la ciudad o lo que quedaba de ella. El edificio que solía hacernos sombra cuando tomábamos sol en el jardín ahora dibujaba siluetas en el resto del barrio. Los helicópteros zumbaban como los insectos, mucho más alto de lo que alguna vez haya estado, convirtiendo el cielo sin estrellas en un frasco con bichitos de luz que tan gustosamente veía desde el fondo.
Tardaste mucho en aparecer, pero eso nunca llega a preocuparme. Te habías bañado y algunas gotas caían desde tu pelo y deslizándose por tu pecho recorrían tu cuerpo hasta llegar al suelo. Como hacía ya mucho tiempo, desnuda te acercabas al calefactor y no parecías saber que estaba ahí. Sabía que no lo hacías para ignorarme, estábamos tan acostumbrados el uno al otro que no creo que supieras que cada vez que distinguía tu figura bajo cualquier tipo de luz volvía a intentar no pensar en cómo era que habías terminado conmigo. No te apresuraste en vestirte, la casa tenía la temperatura ideal y tu cuerpo no pedía mucho más. Te quedaste hasta que el agua se desprendíó de tu cuerpo y tu piel comenzó a recuperar ese color cobrizo tan característico. Tal como apareciste, dejaste la sala y al apagar la luz volví a mirar por la ventana. El mundo entero enfrente mío. No había mucho para mirar.
Terminé el vaso y lo dejé sobre la mesa ratona. Abandoné el sillón y tocando el botón correcto se cerraron las persianas. Pasé por la cocina y tu taza estaba vacía. La luz seguía prendida, quizás la dejaras así como un gesto, una señal. La apagué y seguí hasta el cuarto. La luz tímida de todos esos aparatos que nos aseguran una vida de comodidades se ponían al día charlando entre intermitencias a medida que me acercaba a la cama. Seguramente estabas durmiendo hace mucho tiempo. Me abrigué y cerca tuyo apoyé mi cabeza sobre la almohada mirando el techo. Esa cama era demasiado grande para nosotros dos. Se veía como el reflejo de la luz que emiten las piletas. Podía distinguir figuras y nubes que se proyectaban sobre nuestras cabezas. Podía vernos sentados al borde del agua tratando de distinguir los colores en el fondo de la pileta. Los azulejos que habíamos elegido luego de tantas peleas que terminaban en la conclusión de que siempre habíamos estado de acuerdo, pero nuestras voces estaban demasiado entusiasmadas con alzarse sobre la del otro. Te abracé y me hundí en el perfume de tu pelo como si fuera la pileta que recién imaginaba. Me quedé dormido en un campo de manzanas.
Te despertaste antes que yo. Las persianas estaban arriba, el sol lo inundaba todo. El olor a café me acarició la cara y salí de la cama. Caminé descalzo hasta la cocina y no te diste vuelta cuando me senté en la mesa. Tomé la pantalla y revisé las noticias, nadie mencionaba nuestro gran día. Me sorprendiste con un beso en el cuello y apoyaste la taza enfrente mío. Tantos años pasaron y todavía no me acostumbro a tus sorpresas, quizás sea por eso que desearía pasar el resto de mi vida atrapado en esta rutina. Rocé tu mano con la mía y creí sentir cómo se sacudía con tanta sutileza. No la solté mientras te sentabas al lado mío. Nos miramos a los ojos y antes de que el reflejo del sol nos lastimara la cara nos animamos a pensar en lo que teníamos que hacer. Acomodaste mi bata y sonreíste. Volviste a mirarme y te levantaste. Terminé mi café leyendo los planes para el día y apagué la pantalla. Hacía meses que no parecía suceder nada interesante en el planeta Tierra.
Hacía años que no teníamos amigos, despedirnos no sería un problema. Al cabo de unas horas estaban las maletas preparadas en la sala de estar. Tomaste la guitarra y me pediste que cantara. Traté evitarlo y te expliqué que hacía mucho que no lo hacía. Te dije que no podía pero insististe y no retrocediste un segundo. Mientras la guitarra se afinaba trataba de recordar las palabras de todas esas canciones con las que muy lentamente había llegado a lograr que te interesaras en mi. Practiqué los acordes y preparé mi voz mientras con infinita paciencia mirabas, como la primera vez que frente al fuego me confesaste que hacía tiempo que te habías fijado en mi.
Repasé todas esas canciones que solía cantar solo en la habitación antes de conocerte, y todas aquellas que escribí luego de pasar mis mejores días, horas y tormentas a tu lado. Quizás se trataba de una despedida a aquellas paredes que no nos volverían a ver. No aplaudiste, pero apenas dándome tiempo para dejar la guitarra a un lado te arrojaste sobre mi, siempre tan liviana. Te agradecí todas las primaveras, y principalmente los inviernos.
Cruzamos la puerta dejando atrás las maletas y la casa se selló herméticamente. En el elevador nos abrazamos y nos aseguramos de que todos los cierres estuvieran correctamente cerrados. Terminé de acomodar mi traje y revisé el tuyo. Todo estaba en orden. La puerta nos anunció la llegada a destino, se abrió y entramos en la sala. Te pareció ridículo que hubiera tantas pantallas con imágenes del cosmos y tuve que coincidir con vos. Era bastante ridículo.
El cuarto nos reconoció y nos ofreció asiento. Ambos quedamos conectados y haciendo todos los ajustes necesarios quedamos en la posición más cómoda. Tomé la pantalla e indiqué nuestro destino. Pudimos oír fuerte y claro la confirmación y lentamente esa luz tan clara empezó a cambiar en un verde aguamarina que me recordó a la noche anterior. El corazón se me detuvo y luego se aceleró cuando comenzaron los temblores. Las pantallas habían cambiado la secuencia de imágenes y poco a poco comenzó a llegar el sueño. Hiciste un gesto y sostuve tu mano. No se escuchaba nada pero el temblor era constante y sólo me preocupé por las dudas que habías tenido de todo este emprendimiento. El sueño se hizo tan imperativo que tuve que ceder ante él.

Las luces estaban a máxima potencia nuevamente. No había una sola sombra en la habitación, tal como le encanta a estos ingenieros. Abrí los ojos sin mucho esfuerzo. Aún dormías, tu mano en la mía.
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hermoso
no………… es muy bonito de todo pero nunca hay lo que quiero