sentado en el centro cívico

No es la gente que vive en este lugar, no es lo que esa gente pueda ofrecerme tampoco. Creo que uno de esos placeres gratuitos e inmensos que tuve la fortuna de conocer es sentarme en este lugar y escuchar algunas de mis canciones favoritas, con el frío que atraviesa la piel y te recuerda como funciona la atmósfera, el tibio velo invisible del sol sobre el cuerpo que te mantiene a la mejor temperatura. Los dedos adoloridos por lo que están pasando, las mejores ideas que se nos escapan por distraernos con pensarlas. La ida y vuelta geográfica constante a la que con toda voluntad me someto y disfruto. Tanta agua en un sólo lugar y un sólo momento. El viento que dibuja lo que vos quieras que dibuje sobre el horizonte. Siluetas a montones que desfiguran la tosquedad de tantos humanos completamente convencidos de ser los hijos de un ser superior que nos ha obsequiado tan inigualable experiencia, tan negados a reconocer su realidad de iguales con el medio que ocupan. Lo cegados que están y no por el imponente sol que se inclina sobre la ciudad, sino por la reticencia a reconocer lo absurdo de tantas de nuestras construcciones, justificadas meramente con nuestra capacidad de hacerlo. No hay mucho más que todo lo que podemos ver, y sin embargo es alarmante como se suele ver mucho más de eso invisible que nos sirve para dormir por las noches y creer que tenemos tantas capacidades únicas e inherentes a una alegada superioridad excesivamente arbitraria. Puedo reconocerme a mi mismo entre tanto barullo existencial. Nada va a cambiar.

escrito ayer al mediodía en mi teléfono celular.

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